Prologo escrito por Valérie para la publicación del libro de José María Sanchón, "El sexo sentido " (Diëresis).
PRÓLOGO
DESAVENENCIAS CARNALES
Marcan los cánones —en cuestión de preludios e introducciones varias también existen— que un prólogo sea un preámbulo jugoso que entreabra el apetito para estimular y lubricar las gargantas que deben digerir el texto prologado. Su receta suele ser sencilla. Normalmente se compone de unas cuantas dosis de halago, una pizca de ingenio, tres cucharadas soperas de identificación con la línea argumental del plato fuerte, ligereza en su medida —en forma de brevedad— y una suave capa, a punto de caramelo, de existencial empatía con el autor (¡¡¡Ah, qué juergas aquellas!!!...). Pero yo, que en cocinas me siento como una náufraga, que prefiero comer todo a preparar algo y que de las sartenes sólo sé que tienden a ser redondas, lo voy a hacer de una manera, digamos, distinta... Empezaré por mandar al cuerno las cucharadas soperas de identificación: en “El sexo sentido” JM Sanchón, hábil narrador (el oficio de periodista curtido se nota) y un magnífico conocedor de hábitos (la dirección de una revista “para hombres”, también) hace uso de sus recursos para intentar esquivar el paradigma genérico del “manual de uso”, esto es, la fijación obsesiva en el “lugar común” de la opinión y no en el sitio donde todos tenemos algo en común, la visita detenida en el mapa y no en el territorio. Para intentar contrarrestar este error al uso, emplea más gracia e ingenio que la mayoría que sin tener su talento vienen repitiendo lo mismo desde el neandertal. Ejemplos del lugar común referido, llámense tópicos, podrían ser: Primero, el creerse o hacer creer que el fin último de la sexualidad en los hombres es exclusivamente el coito genera, por decir sólo alguno, una enorme carga de ansiedad en el varón y un peso en la boca del estómago (cuando del misionero se trata) de las mujeres. Creerse o hacer creer que las mujeres no tienen nada que ver con los hombres es, me parece, no haber entendido bien la mayor; esto es, la condición humana. Y segundo el no aceptar que hombres y mujeres disfrutamos por igual del sexo y tenemos el mismo “volumen” de deseo. Aún así, el sexo y las relaciones, tanto en hombres como en mujeres, son asunto complejo. Parece una travesía multidireccional durante la cual las brújulas y los puntos cardinales tienen poca eficacia. Los aparatos de navegación se imantan y el cielo suele estar muy encapotado; además, la condición humana, y su terreno más ilustrativo, la sexualidad, pese a los múltiples esfuerzos explicativos y los escritos publicados desde hace siglos, está todavía mal cartografiada, fundamentalmente porque confundimos los tópicos con los topónimos. También porque, en este particular trayecto, empleamos inútiles varas de medir (que si cuánto lo hacen las mujeres, que si cuánto miden los genitales masculinos, que si cuánto...) y no olvidemos que los cardinales y los ordinales están muy bien para las olimpiadas y las políticas mercantiles, pero para comprendernos como seres sexuados son mejores los conceptos. Lo sabemos, pero sin embargo, seguimos soportando una carga enorme de falsos paradigmas que oscurecen la claridad de estos conceptos. Y acaban haciendo estragos a fuerza de repetirse. De aquí lo difícil de escribir sobre relaciones entre sexos. La revolución de la mujer es saber ser mujer sin afirmación por contrarios, demagogias trasnochadas y programas ideológicos alienantes. Lo siento, pero antes que mujer, yo soy humana, un
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