Valérie escribe en EL MAGAZINE de EL MUNDO sobre su particular experiencia en París.
MI ÚLTIMO (O MI PENÚLTIMO) TANGO EN PARÍS
A los franceses se nos atribuyen inventos tan originales como la guillotina o el bidet (lo del “croissant” por más que hemos querido agenciárnoslo y por más que, esto es cierto, en París se comen los mejores del mundo, ya casi todo el mundo sabe que es un invento austriaco) Lo que posiblemente no todo el mundo sepa es que fue un químico francés, de nombre impronunciable, salvo para otro francés, el que allá por los fines del XIX inventó la margarina.
Llegué a París de noche, como casi a todos sitios, con el fin de realizar un curso más de postgrado. Era muy a finales de los ochenta, las canciones de “Depeche Mode” hacían furor y yo llevaba una maleta con tres mudas limpias, como casi siempre, unos quinientos francos y una curiosidad que, no podía ser de otro modo, rondaba lo siniestro.
París, al contrario de lo que suele creerse, no es una ciudad especialmente acogedora con el anónimo. Es lo que sucede con las ideas; que se pueden soñar pero no se pueden tocar. Ansiando encontrar la “mujer de rojo”, la amante soñada de piernas infinitas que un día no sabemos porqué, fija sus ojos ardientes en nosotros, minúsculos y asustados, París, muy al contrario, no suele fijarse. El parisino es una personaje acostumbrado a ver y dejar pasar, a seleccionar sólo lo que considera verdaderamente diferencial. El trato correcto, excesivamente correcto, suele ser percibido por el viajero, no sin razón, como una muestra de frialdad. En París todo el mundo es Monsieur o Madame hasta que se demuestre lo contrario (aquí la legendaria “grandeur” de la República siempre está presente) Así lo exige la cortesía y así lo muestra el decoro… aunque uno no puede dejar de sentir que el tratamientos más que una muestra de respeto es una advertencia (“…usted es un señor porque yo soy una señora, no lo olvide”) El exceso de racionalización en las normativas cívicas, desde cómo, cuándo y bajo qué circunstancias debe emplearse un asiento reservado en un autobús hasta en qué fragmento de hierba de un parque puede uno tumbarse y en cuál otro puede pasear a su perro, también resulta un tanto intimidatorio (es posible que alguien haya olvidado que París fue la cuna de la razón ilustrada, pero si alguien lo ha hecho en ningún caso será un parisino) Soñada, educada y cívica, así es París…en el centro y de día (a poco que uno se fije poco)
Conocí a Didi a los tres días de llegar y al cuarto, además de mi amante, era ya mi cicerone. El quinto, al alba, en un “impasse” (un “callejón sin salida”) de Montparnasse tras una puerta de garaje, entre dos macetas de algo que parecían tilos, Didi ya me había convertido, muy a mi regocijo, en la amante casual de tres desconocidos más, entre ellos de una chica finlandesa de grandes senos que tenía más dificultades con las vocales abiertas que con el pudor. El local, si la memoria no me engaña, se llamaba algo así como “Le boudoir”, y aunque pensé aquella noche que durante mi estancia lo frecuentaríamos asiduamente, lo cierto es que nunca más regresamos…
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